El arqueólogo que corría por las calles de Escacena

Hace pocas semanas perdimos para siempre a Jesús Fernández Jurado. Sería imposible entender Tejada la Vieja sin Jesús, sin su entusiasmo, su lucha, su entrega. Sirvan estas líneas como recuerdo, homenaje y reconocimiento para quien supo rescatar del olvido a Tejada y poner a Tarteso en el centro del discurso científico. Recién acabada la carrera de Historia, allá por los últimos años de la década de los 70 del s.XX, llegó Jesús Fernández Jurado a Escacena a contemplar de primera mano los restos arqueológicos que el profesor Antonio Blanco Freijeiro había alumbrado en Tejada la Vieja. 


Escacena no era un lugar desconocido para él, estaba ligado a recuerdos de infancia que tantas veces recreaba cuando compartía tertulia con los lugareños. Aparecían entonces en su narración aquellas visitas veraniegas a sus tías, las correrías con sus primos y algunos otros recuerdos nebulosos. Quién le iba a decir entonces que gran parte de su labor profesional se desarrollaría en aquel pueblo lejano al que de vez en cuando iba de visita.

Lleno de entusiasmo por la importancia de lo descubierto por Blanco Freijeiro y por el potencial que el yacimiento tenía, decidió proponer a las instituciones públicas un programa de investigación en Tejada la Vieja. La Junta de Andalucía era entonces un ente apenas naciente, por lo que su propuesta encontró mayor eco en la Diputación Provincial de Huelva. Qué gran poder de convicción debió tener aquel veinteañero, preparando todavía el doctorado, para que los responsables de la Diputación no solo aceptasen su propuesta y pusieran en sus manos un proyecto de investigación de la envergadura de Tejada la Vieja, sino que creasen un servicio de arqueología y lo pusiesen al frente del mismo.

Jesús desde luego no defraudó. En varias campañas a lo largo de la década de los 80 fue sacando a la luz una importante cantidad de restos en Tejada a la vez que intervenía de urgencia en varios solares en la propia ciudad de Huelva. El número y la calidad de sus publicaciones y ponencias se multiplicaba. Consiguió, además, contagiar su entusiasmo a un equipo multidisciplinar que fue creando en torno a sus investigaciones y en el que no solo estaban Pilar Rufete y Carmen García Sanz, sus colaboradoras más cercanas, sino que consiguió involucrar a biólogos, matemáticos, físicos o arquitectos.

A lo largo de su dirección en el servicio de arqueología de la institución provincial, también abordaría la excavación de San Bartolomé de Almonte, Peñalosa o el Castrejón. De hecho, su capacidad de trabajo llamó la atención del estamento político y ejerció también algunos años como Delegado Territorial en Huelva de la Consejería de Cultura, debiendo, por tanto, aminorar su labor de investigación arqueológica. Además, su entusiasmo no solo abarcó el campo de la arqueología, fue autor también de numerosas obras dedicadas a la divulgación de la historia y el patrimonio de la Provincia de Huelva.

Al margen de su impresionante currículum como historiador y arqueólogo, en Escacena recordaremos siempre a la persona que fue Jesús, su cercanía, su capacidad para hacer simple y entendible lo arcano y misterioso. Recordaremos también la alegría con que paseaba por nuestras calles al frente de aquel imparable batallón de voluntarios de toda Europa, que, durante los campos de trabajo de aquellos veranos de los 80, llenaban nuestro pueblo de juventud y entusiasmo.

Tan indisolublemente ligada estuvo Tejada la Vieja a Jesús Fernández Jurado que podría trazarse su propia historia personal a través de la actividad en Tejada. Aquella arrolladora fuerza de la juventud en los 80, con campañas constantes, grandes extensiones excavadas, innumerables restos hallados. La madurez de los 90 y los 2000, cuando la actividad es menor pero mucho más dirigida, muchos más enfocados los esfuerzos a hallar respuestas concretas a preguntas sin resolver. Y luego... el silencio y los jaramagos fueron cubriéndolo todo, borrando la memoria de los esfuerzos anteriores. Tejada quedó abandonada hasta casi desaparecer de nuevo tras la cortina del tiempo y la historia.

La mejor reivindicación que podemos hacer de Jesús Fernández Jurado es mantener vivo su legado, dar importancia a la labor a la que dedicó tantos esfuerzos, dignificar los restos palpables de ese Tarteso que durante tantos años había habitado en el campo de la leyenda y que él contribuyó a rescatar para la comunidad científica. Nada mejor para eso que poner a Tejada la Vieja en el lugar que merece, hacerla accesible y entendible para quienes quieran visitarla.